Hay días en la vida, que uno preferiría que comenzaran de nuevo, o directamente, que no comenzaran. Esos días en que uno dice: “por qué a mi? “
Pero bueno, son esos días intensos, en que se termina pensando y respirando hondo y diciendo: bueeee, por suerte, fue una desgracia con suerte! Valga la redundancia…
Ese jueves santo, todo parecía ir de perlas, después del terrible temporal que azotó Buenos Aires , un sol radiante ayudó un poco a poder seguir con lo que uno tenia masooomenos organizado, dos puntos a saber: reunir unos cuantos muebles que ya no iba a usar y había regalado a alguien que les venían muy bien.
Ana vino puntualmente a la hora acordada, y comenzamos la dura tarea de bajar y llevar al pie de la escalera de la entrada de casa: dos camitas, una mesita de luz, una cama matrimonial, muebles varios, estantes, maderas y demases, algunas cosas bastante pesadas, que fuimos ubicando para que sean las primeras en salir y subir al camión de flete, dejando en la planta alta un roperito, para ser bajado con la ayuda de Juan, el fletero.
El susodicho llegó y ahí comenzamos como hormiguitas a llevar las cosas hacia la calle, éramos un relojito suizo de tan organizados.
A Juan se lo veía morrudo, no era alto, pero parecía fortachón, y lucía unos pantalones tipo “el chavo del 8” que lo hacía algo gracioso.
Todos los muebles fueron llevados al camión bastante rápido, y sólo quedaba el roperito, que si bien no era inmenso, era algo ancho y presuntamente, podía traer complicaciones al bajarlo… y así fue.
Yo me quedé al pie de la escalera, y ellos comenzaron el descenso hasta que llegaron a donde debían dar la vuelta y ahí se complicó, debido a la altura del techo, no había modo que siguiera su ruta. Por lo que Juan, bastante experto en medidas, escaleras, dimensiones y complicaciones, le dijo que había que rotar completamente el ropero, que era la única manera que pudiera seguir bajando. Lo rotaron, pero cuando lo reubicaron, a Ana se le soltó de las manos, como si fuera un niñito de 2 años que sale corriendo por la vereda e intenta cruzar la calle…en este caso el que se mandó fue el roperito y no intentaba cruzar la calle, sino deslizarse cual niñito en un tobogán …
Dicen que la vida de uno pasa como una película delante de los ojos en el momento de la muerte, juro que yo no vi pasar la vida pasada, ni siquiera la mía, sino los futuros segundos, y más precisamente los de Juan, cuando lo vi quedar contra la puerta y el borde del ropero le dio en plena cara, empujándolo, lo vi contorsionarse y juro que por un instante la cabeza de Juan giró casi casi como la de Regan McNeil, la niña poseída de El Exorcista, y yo grité para mis adentros: se desnucó!!! se desnucó!!!!
Pero no, Juan se empezó a tocar la mandíbula, como un experto quiropráctico y yo le preguntaba insistentemente y muy asustada viendo el tremendo tajo que tenía en la mejilla derecha y cómo le brotaba la sangre: estás bien???!! Estás bieeen???! Y desde arriba se escuchaba a Ana gritar: disculpaaaaameeee se me fue de las manooos!! Disculpaaaameee!
Yo no podía subir porque estaba entre el ropero y la pared, pero desde abajo le gritaba a Ana, traé el alcohoool! traé un trapooo!! Traé hielooo!!! Traé aguaaaa!!!
Y Juan decía: - Yo le dije a Ana que este era un trabajo de hombres, pero ella insistió….
Lo qué??? Si veníamos bien! Pasa que se le resbaló en el último segundo, que si no, lo sacábamos perfectamente…. (pensé, pero no se lo dije, porque no conocía a Juan y no sabía cómo podía reaccionar)
-Además –seguía diciendo Juan- si la puerta hubiera estado abierta, yo me corría para el costado, y el ropero salía directo a la calle….
Ahh claro, y pobre del que pasara en ese momento por la vereda… yo cerré los ojos y me saqué esa imagen sacudiendo la cabeza, ya bastante con lo que había pasado; ya me veía en vez de tomando mate con la tía María (que me estaba esperando) declarando en la comisaría del barrio si en vez de un corte en la cara solamente, (la cual a esta altura ya estaba color violeta) el ropero aplastaba y mataba al Juan.
Bueno, la cuestión que pasado el mal momento, el ropero fue metido de prepo y con bronca dentro del camión, Ana con la cara más pálida que polaca en Mar del Plata, me decía que me llamaba cuando llegaba a la casa, y ambos se fueron , mientras yo intentaba cerrar mi puerta de calle, que con el tremendo golpe que había recibido se había descajetado y ahora costaba abrirla y cerrarla!
Al rato, Ana llamó por teléfono :
- Ayyyyyy Aniiiiitaaa!!! Por dioooos!! Ya me veía en el hospital! O lo que es pior… en la comisaría si este hombre se moría todo muerto en mi casa!!
- Ayyy nena! Pero quedate tranquila, que estaba lo más bien después ehhh? Eso si, cuando llegamos a casa se quedó arriba del camión y no me bajó un solo mueble, los tuvimos que bajar con el nene, ja, decí que es más alto que Juan...y que querés, por setenta pesos no se iba a arriesgar a más desgracias...
- uhhh qué mala onda!
- Ay Clau, yo te voy a confesar algo…. cuando vi que se caía el ropero, yo no pensé en Juan…yo lo único que rogaba era que no se me rompiera el roperito del nene!!
- ………
La sinceridad de esta mujer me mata. (Y espero que Juan, no lea blogs).