No es la mejor manera de
empezar mi misión. El cielo está negro, ojalá no se largue hasta que
llegue a la farmacia. ¡Ja!, que era muy pendejo, pensaban en la
parroquia, pero mirame ahora, soy el más joven de la congregación
repartiendo la palabra del Señor, ¡no me para nadie! Ni el auto ese que casi me pisa cuando salí de casa, ni los pecadores que se burlan de mi Fe. Tengo que llegar a la farmacia de los impuros esos, quiero ver sus caras después de que los pesqué en la plaza el otro día, les voy a traer Su palabra y los voy a llevar al Templo. ¡Ah! ahí están, con el vagabundo de la esquina. ¡Mejor, que me oigan todos, que
sientan Su voz a través mío, la enseñanza que los aleja del pecado...! Debo estar gritando y transpirado, porque todos me miran raro. Me siento extraño, quizás la emoción de poder compartir la gloria divina me está jugando una mala pasada, estoy como desdibujado... ¡¿Pero que hacen?! ¡Le están vendiendo alcohol al vago en lugar de escucharme! Intento explicarles mi presencia pero se me nubla la vista, veo todo... vidrioso, parece agua o llanto. No entiendo por qué la gente me ignora como si no estuviese. Sólo el mendigo se me acerca con su billete de un dólar apretado en su mano. El silencio de los demás me estremece. Me toma del hombro y me acompaña afuera, ya están cayendo las primeras gotas. El vago es el único que me entiende, el único que me es amable... Me cuentan que en el barrio lo apodan Satanás.
Escrito por Roxana Pugliano - Agosto 2012