La misma duda de los últimos meresundarios, una extraña especie que en sus inicios pareció condenada al éxito (en palabras de la gran cabeza pensante de Edouard du Haldé) y sin embargo acabó sucumbiendo bajo el peso de su propia desaforada genialidad y de la que hoy quedan apenas "x" ejemplares vivos (donde "x" < 5), la misma duda, decíamos, es la que debe haber corroído el alma inquieta de gorrión sentimental del científico Carl Sagan cuando envió a la querida sonda Voyager a un paseo sin retorno por los cielos, allá por el año 10 A.M. (Antes de Messi), portando una placa con dibujitos tales que un hipotético lector inteligente ubicado justito allá, en la Loma de los Quinotos Siderales, al descubrirla dedujera que había sido creada por tipos tan inteligentes como él, anhelando comunicarse con seres afines, con fines serios (eso siempre se debe decir). Por tipos inteligentes no nos referimos aquí (exclusivamente) a los meresundarios, sino a la humanidad toda. O casi.
Igual que Sagan (y seguimos con Carl, dejemos por ahora a Françoise que sus inquietudes eran bien diferentes) los últimos sobrevivientes meresundarios ignoran si alguien en la p*ta blogósfera todavía los leerá o los lee, incluso ignoran si entre ellos mismos se leen, esto entre todas las otras cosas que de la vida, del mundo y de Dios ignoran, que son un montonazo.
Cunde así entre los meresundarios, aventuramos, cierta desazón. Y para aliviar tal trance recurren a la música, tradicional consuelo de las almas angustiadas, deleitándose con sonidos que provienen de diversos lugares, hasta de otros mundos. Como esta que sigue, por ejemplo.
Porque este tipo, que interpreta ese instrumento tan engañosamente común, aunque afirme ser argentino, misionero y oriundo de Apóstoles, a nosotros no nos engaña: esta especie de Schubert chamamecero o Dvorak del litoral es claramente un extraterrestre. Sin dudamente.